Aquellos como yo, que por suerte nacimos cerca del mar, inundados por su calma y su bravura, por la calidez y frialdad, disfrutamos en el solsticio de verano de la noche más corta del año. Fiesta pagana por excelencia, que saca de cada uno aquel espíritu de brujo o hechicero, que mediante el fuego como canal de enlace y el agua del mar como bálsamo espiritual, convierten el momento en un ritual magistral.
Yo creo que en esa noche, aquel quiera que esté por encima nuestra, sea de la religión que sea recibirá un sin fin de deseos y peticiones, de suplicas imposibles que cargan de fervor al más incrédulo de los mortales.
Pero por desgracia, la fiesta en algunas ocasiones se convierte en improvisados basureros, en incineradoras de desperdicios y posible foco de futuras lesiones por clavos y cristales rotos. Es penoso observar el panorama final, como millones de kilos de basura desde Huelva hasta Bacerlona, kilos y kilos de despropósito, de descontrol que lo único que hace es en futuras ocasiones, restringir por los estamentos públicos la festividad del fuego y del agua.
Todo tiende a desvirtuarse, sino que se lo pregunten al Ayuntamiento en las cruces o en las fiestas de Agosto. A veces dudo si las libertades que obtenemos nos encaminan hacia un futuro restringido.