Las castañas revoloteando en una sartén, forjada por los años, agujereada con cariño, con el fin de hornear con dulzura un puñado de castañas. Movidas con maestría, con mano firme, mano que ha recorrido enfermerías, ha vivido guerras, ha molido la caña o ha permanecido impasible en la puerta de un cine.
Nostalgia por arroparte en su mesa de camilla con el sonido inconfundible de una televisión fuera de lugar, por un sillón único que acogía en su regazo algún trozo de vida, que a veces se hace pesado digerir. Digerir porque duele recordar. Duele recordar batallas de soldados de a peseta en medio de una trinchera de baldosas hidráulicas que servía con sus desperfectos de profundos cráteres producidos por los obuses del bando enemigo. Duele sentarse en cuatro palos de madera de no más de medio metro, en una calle estrecha, y sin hablar pasar las tardes saludando educadamente a cualquiera que quisiera participar en nuestra insonora tertulia.
Nostalgia por escuchar una vez más el cansino despertar de un gallo, acompañado de un inolvidable olor a tostada de pan casero quemada bajo la lumbre.
Será porque es Navidad, será como decía yo por ahí que el tiempo pasa muy rápido. Hoy siento nostalgia, hoy siento la necesidad de tener a la familia cerca, de volver a ver a mi abuelo cocinar un choto o volviendo a pasar miedo con las temidas historias de mi abuela. Necesito jugar de nuevo ese cartón de lotería, rodeados de garbanzos, que se quedó a medias y es necesario volverlo a empezar.
Quiero pasar las tardes muertas en mi casa, sin hacer nada, sin necesidad de tener de testigo el reloj cansino que marca la partida. ¿Por qué cuesta tanto ser humano?
No hay comentarios:
Publicar un comentario