Como mandan los cánones el pasado jueves se inauguro el último tramo de la Autovía Balien-Motril, también llamada autovía de Sierra Nevada. Sinceramente creía que para Motril y los motrileños iba a ser un día festivo. Un día marcado para la historia tras veinte años de esfuerzo, lucha, agonía y espera, que el motrileño ha sabido aguantar tras innumerables promesas partidistas.
Y es que para quien no lo sepa, hemos pasado de tardar dos horas en llegar a la capital granadina a estar a tan solo treinta y cinco minutos. Atrás han quedado, sin fin de historias, de hábitos y quehaceres que eran comunes en la travesía hacia Granada. El motrileño se conocía perfectamente las matrículas de todos los camiones de campsa, estos últimos odiados por los conductores debido al escaso margen que daba nuestra carretera para adelantar. Atrás queda el bocadillo de jamón en la venta Natalio, o el bocadillo de lomo por Alhendin, el café caliente en el suspiro del moro o el rezo necesario y obligatorio en las Angustias.
El motrileño ha sufrido veinte años a espaldas del mundo, sumido en su olla sin que nadie le ayudara a resurgir. Pero ahora ya no hay escusas. Motril ya no puede decir que está mal comunicada, que no crece por culpa de la autovía. Los políticos tiene ahora la oblación de cumplir la promesas partidistas y dar a Motril lo que se merece.
Creo que los motrileños no son conscientes de que tenemos realmente la autovía, al final nos habíamos acostumbrado al derrumbe de terraplenes, a las colas interminables o a los conos rojizos que señalizaba que el granadino de turno venían a nuestras playas.
Ahora solo cabe reflexionar, pensar en lo sufrido, recordar cualquier suceso ocurrido en nuestra carretera de Granada. Por todo ello y después de veinte años, a todos los motrileños les doy mi felicitación.
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