"Este año sin duda, la mejor de todas, la calle Aduana".
Cuantos de nosotros, en sin fin de tertulias, escuchamos esta afirmación. Eran los años del Motril de siempre, aquel que se aferraba a su caña de azúcar, a la monda, a cruzar la calle catalanes en días de lluvia por encima del tablón... Y como no, las Cruces de Mayo. Eran, y repito eran, fiestas de barrio. La Aduana, San Antonio, las Angustias, Puntalón,...cruces creativas, fantasiosas, creadas con esmero por los vecinos del barrio que engalanaban sus calles con sus mejores piezas de barro, croché o cobre.
Y realmente no podemos achacar a los políticos que no hayan apoyado a las cruces, pero si y valga la redundancia ponerle un pero. Deberían haber limitado la actuación de las hermandades y cofradías en las dimensiones de las Cruces y las barras correspondientes.
Y digo esto, porque pienso que son las propias cofradías, primeras interesadas en que existan las cruces, las precursoras de su deterioro. Deterioro ejercido por la intención de sacar el máximo de dinero sin preocuparse del fin de la festividad. Seamos coherentes con nuestras costumbres, con nuestras raíces, retrocedamos en el tiempo y volvamos al inicio del festejo, al inicio de las cruces de calles, barrios, colegios y por qué no, de cofradías, pero de cuces de cofradías donde se potencia las relaciones humanas y culturales, dejando de lado el monetarismo fácil.
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